Justo cuando había decidido dejar este lugar, salgo a caminar por la ciudad y Buenos Aires se me vuelve a aparecer preciosa y ambigüa.

Es el preciso momento en el que decido dejar atrás, cuando el pasado, el que acabo de desechar, se llena de una magia irresistible. Esta situación, le decía mientras paseábamos a Gogol, ¡esta situación me agüjerea!

Y justo cuando decido que está aquí mi lugar y aquí habré de quedarme, el centro me empieza a atormentar.

Como una patología del desencanto me empiezan a arder los ojos y a cerrárseme rebeldes y ya no puedo vaguear más por callecitas díscolas, aquellas en las que uno ve en Buenos Aires venderse un vestido a más de 1000 pesos. Y decido que no puedo ir a ver esa película porque, porque, porque ¡me arden los ojos! ¡Me están durmiendo! Mi rey o quién quiera que sea me está llevando así de traicionero, mediante el sueño, lejos de acá. Me rindo a sus pies, sucumben mis ojos, sucumbe mi corazón, y me escapo, y me voy de mi ciudad terrible, que volverá a ser preciosa una vez que esté diciéndole adiós, de nuevo.