-¿A cuántas cuadras me dejás de la calle Bouchard?-
El hizo el cigarrillo a un lado de su boca, torció media cabeza me miró de reojo:
-¿Te puedo hacer una pregunta?-
Sí, le digo, acercándome un poco más, agarrándome del caño de la puerta.
-¿Alguna vez te fueron infiel?-
-Que yo sepa no-
No le gustó mi respuesta, no le sirvió. Sacudió la cabezota masticando su cigarrillo:
-Bueh, ¿alguna vez lo sospechaste?- preguntó, enfatizando el "chaste?"
-Seguramente-
-Mirá, tengo el alma, partida en dos- y al terminar se giró y me miró cómo queriendo mostrarme su rostro que decía "¿Me entendés?".
Miré el reloj. 4 menos 3 minutos. Entrevista importante a las 4. Entrevista decisiva. Tengo un minuto más, esto apunta interesante.
-¿Qué te pasa?-
-Creo que mi mujer me es infiel-
Espero a que me mire, y entonces le devuelvo una mirada interrogativa, es evidente que quiero saber a qué vienen sus sospechas.
-Le esuché una conversación telefónica. Ella los sábados suele quedarse un rato más en el comedor, mirando tele, escuchando música, mientras yo me voy a dormir. Pero con la mala leche de que esta vez me despierto a las dos de la mañana, porque quiero ir al baño-
Acá se detiene un momento, pone cara de odio, así frunciendo el seño y mostrándome sus dientes amarillentos de tabaco y sus ojos opacos. Es agresivo, pensé. Nunca vi a una persona de estas características opacas y agresivas mostrándose dolida ante un extraño.
-Me levanto para ir al baño, y escucho voces. Ah, vino Ema, pensé. Ema es una amiga de mi mujer, son amigas desde la infancia, a veces se pasa por casa...
Entrevista a las cuatro.
-¿Qué escuchaste?-Lo apuro.
-Y no era Ema, era mi mujer que hablaba por teléfono. Decía "Vos sabés que yo te adoro, cómo podes decirme eso con lo que yo te adoro. Además, vos querés saber todos mis pasos, pero el fin de semana pasado te borraste y no supe donde estabas"-
-Bueno, pero "te adoro" se le puede decir a mucha gente, una amiga, un familiar- contesto.
-No, no, porque entré en el comedor y ella enseguida colgó- E imitó a su mujer poniendo las manos como pinzas y cara de pajarito. -Vos sabés que la hermana de mi mujer, le pone los cuernos al marido, y cuando nosotros nos enteramos de esto, yo le dije, mirá, vos sabés que te quiero mucho, pero si me hacés eso, ¡yo te mato, te mato!.-
Son las cuatro, pero ya es tarde, ahora me toca salvar a esa mujer, porque es posible que muera si yo no hago algo. Él seguramente la mata, tiene carota de asesino. Está muy dolido, pobre, pero la ira lo consume, eso ya no tiene excusa.
-Mirá, querés que te diga algo, yo creo que la infidelidad, es irrelevante-
-¡No, para mi no!- me grita.
-¿Y a vos por qué te dolería tanto que ella te fuese infiel?-
-Por orgullo, por hombría, porque me toma por boludo, yo la mato-
Tengo que salvarla, rápido rápido. Pierdo la entrevista, pierdo el trabajo, pierdo mi espacio en esta ciudad, y yo necesito quedarme, necesito este lugar.
-A veces, en el amor, hay que desterrar el orgullo. Es contraproducente. Hablá con ella, sin apretarla, tranquilo, si te quiere...
-Sí, sí, yo le digo "vos a mi me estás cagando" y ella llora, y me abraza, y me besa, me dice que me ama!-
-... ¡claro! entonces, si te quiere, perdonala, y dale para adelante!- suelto una mano en el aire y le sonrío.-Dale para adelante, no conozco parejas que no vivan sucesos de infidelidad, es normal, no se trata de que vos seas un boludo, ni menos hombre, ni menos grande, hay cosas que no están en tus manos. ¡Si la querés perdonala y luchá!-
Él se calma, agacha la cabeza y arroja el cigarrillo por la ventana.
¡La salvé! me pongo de pie, siento el chas de la puerta colectivera al abrirse, si corro solo llego algunos minutos tarde, se pueden justificar con un reloj atrasado. Me dispongo a bajar, a correr.
-¡Y qué me garantiza!- ¡me grita otra vez! Me doy vuelta y lo espero. Su cabezota está ahora colorada y está lleno de violencia pero no puedo despreciarlo porque tiene los ojos llenos de lágrimas y, ya me lo dijo él, el alma partida en dos.
-¿Qué garantía tengo, de que si la perdono, no me va a voler a cagar?-
-Ninguna.-
Me mira.
-Ninguna. En el amor no existen las garantías.-
Sigue mirándome pero ahora baja los hombros bruscamente y sus dos manos quedan colgando a los lados del trono colectivero.
-Uy. Que bueno lo que decís. Perdoname que te agarré a vos, viste, no sé, no sabía con quien hablar, perdoname, gracias.-
Bajo corriendo -¡Suerte!- le grito, corro corro y corro y me pregunto ¿Tengo razón?


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