Pero no puedo permitirme, todavía, ir a dormir. Suspenderme justo ahora cuando tengo las manos llenas de letras y papeles, cuando he llenado el escritorio de libros y la pantalla de textos.

Me espera un gran largo día mañana, debería descansar, y no puedo hacerlo porque sería imperdonable que en este éxtasis de acción en este hervidero de ideas, me duerma.

Vuelve a mí el 2002, la primera noche en la que probé el café y me brotaron historias de las manos hasta que salió el sol.